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23 de noviembre de 2016

EL ESTIGMA DE LA MUJER AMBICIOSA

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Resultado de imagen para we can do itExiste un prejuicio en nuestra sociedad que estigmatiza a todas las mujeres ambiciosas. Está mal visto ser ambiciosa, lo que lleva a muchas mujeres a no proclamar su afán en voz alta. Es más, el estigma tiene tan largo alcance y penetró tan hondo en nuestras mentes que ni siquiera las propias mujeres se permiten a si mismas sentir dicha ambición.
Se relaciona la aspiración al éxito con algo malo y feo, fuente de todos los problemas y herencia, si duda alguna, de nuestras raíces culturales, mezclando la ambición con la culpa. Si a estas connotaciones negativas se le añade el factor “ser mujer”, la percepción es aún peor.
Incluso se aplica el término “ambicioso/a” como un insulto: “Es una ambiciosa…”
Una mujer que quiera más éxito, dinero, reconocimiento, un mejor y más alto cargo es vista como una mujer superficial, frívola, calculadora y egoísta que sólo piensa en ella misma y en las cosas materiales. Lo cual es una visión totalmente simplista de la compleja mente humana.
Me veo obligada pues a hacer un par de aclaraciones.
Ser ambiciosa no te hace mala persona, ni mala madre, ni mala hija, ni mala esposa.
Querer, por ejemplo, que tu negocio doble en ingresos en los siguientes 12 meses no significa que descuides a tu gente o que los quieras menos o que no aspires a una vida personal plena y feliz también.
Puedes ser ambiciosa y generosa. Puedes ser ambiciosa y sensible.
Puedes y tienes el derecho de quererlo todo: dinero, carrera, una relación amorosa plena e hijos felices. A fin de cuentas, tu ambición profesional no deja de ser una faceta más de tu realización personal y, por tanto, de tu felicidad.
A estas alturas, son pocas las personas – hombres y mujeres – que creen que la felicidad te la da únicamente la familia, los hijos, los amigos o el trabajo. La felicidad viene del equilibrio de todos estos ámbitos en tu vida.
Así que no nos contemos cuentos ni queramos ser las buenas niñas que algunas personas esperan de nosotras. Es totalmente lícito querer prosperar — en todos los aspectos– y pedirle más a la vida y no por ello ser una desagradecida.
Te invito pues a que te plantees hasta qué punto te permites — agradeciendo y apreciando la abundancia que ya tienes — querer más. Ya que muchas veces, son nuestros propios pensamiento limitadores los que nos frenan e impiden alcanzar nuestros objetivos.
Y tú ¿Te permites querer más?

9 de noviembre de 2016

SOBRE LA PROSPERIDAD Y LAS CREENCIAS LIMITADORAS

Vivimos en un país donde está mal visto hacer dinero y ganarse bien la vida.
Está mal visto ser ambicioso y querer más y no conformarse con tan sólo “salir de ésta”.
Cuando alguien tiene dinero lo catalogamos de materialista y nos convencemos de que como mínimo es mala persona o, al menos, superficial.
Resultado de imagen para prosperidadLa paradoja está en que todos queremos ser prósperos. Queremos una casa bonita con muebles bonitos. Queremos vivir sin tener que estar siempre pendientes del precio de las cosas, queremos poder tomarnos días libres, hacer vacaciones y viajar varias veces al año. Queremos comprar la mejor comida para nuestros hijos y pagarles las mejores escuelas.
Pero dicho deseo lo tapamos con argumentos tales como “yo sólo quiero ganar suficiente para estar tranquilo” o “el dinero no da la felicidad".
Mi relación con el dinero y la ambición es pues un tanto extraña también.
Sufro de los mismos males que tú probablemente — debido quizás a una educación tradicional — y cuando las cosas me van bien, empiezo a sentir culpabilidad. Son pensamientos y emociones limitadoras que me impiden realizar mis más ambiciosos proyectos en su totalidad y alcanzar mi máximo potencial.
Gay Hendricks, en su libro The Big Leap, lo llama “upper limit problem”, que traducido toscamente y mal sería algo así como “problema de límite superior”.
El concepto es muy interesante y explica cómo las personas tenemos algo así como un termostato de nuestra felicidad. De la mismas forma que el termostato para la calefacción cuando se alcanza la temperatura predeterminada, nosotros — con nuestras mentes y pensamientos — paramos la recepción de felicidad y cosas positivas a nuestras vidas cuando nuestro termostato nos indica que hemos alcanzado nuestro cupo de felicidad y cosas buenas.
Lo que nos lleva a sabotear nuestra propia realización personal, no sea que no cumplamos con las expectativas que nos marcamos como por ejemplo “la vida tiene que ser dura” o “no puedo ganar más dinero que mi pareja” o “soy un fracaso, lo hago todo mal” o “como puedo ganar dinero con la que está cayendo”, etc.
De modo que cuando las cosas nos van geniales en lo personal y profesional, nos autosaboteamos para permanecer fieles a nuestras creencias, a nuestros límites. Es entonces cuando montamos una bronca estúpida con la pareja, tomamos una mala y absurda decisión en el trabajo o nos gastamos el dinero que nos ha tocado en la lotería en una semana.
Dicho límite empieza desde pequeños, con lo que nos dicen que podemos o no hacer o lo que vemos en casa. Lo cual no deja de ser interesante: yo vengo de una familia normal de clase media, sin embargo mi recuerdo sobre el dinero siempre ha sido que no llegábamos a final de mes. Trascender pues ese límite tan familiar de “no llegar” es entrar en territorio emocional desconocido que desencadena emociones contradictorias.
Todos estos conceptos son fascinantes y creo que son verdaderos en cierta medida, pero ninguno parecía hacer un impacto duradero en mi forma de ver y sentir las cosas.
Ya sabes, el buen rollito del libro te dura unas pocas semanas hasta que el día a día te absorbe y vuelves a las mismas dinámicas de siempre.
Hoy, sin embargo, he encontrado respuesta de donde menos lo esperaba: en unos párrafos de Marianne Williamson — cuyas palabras fueron utilizadas por Nelson Mandela en su discurso inaugural — . El libro tiene un nombre tan cursi que hasta da vergüenza nombrarlo ya que podría otorgarse a cualquiera novela romántica de quiosco de barrio: A Return To Love.
Pero una vez superas tus prejuicios te encuentras con un libro muy especial que aborda las distintas facetas de nuestro día a día desde una perspectiva espiritual.

PODRÍA PARAFRASEAR LAS PALABRAS DE WILLIAMSON, PERO NO LE LLEGARÍA NI A LA SUELA DE LOS ZAPATOS. ASÍ QUE HE DECIDIDO TRADUCIRLAS DÁNDOLE TODO EL CRÉDITO DEL MUNDO.

“Cuando trabajamos sólo por el dinero, nuestra única motivación es conseguir en lugar de dar. (…) esta idolatría nos lleva a un territorio emocional alieno donde siempre tenemos miedo. Tenemos miedo del fracaso y del éxito.
Si estamos cerca del éxito, tememos al éxito, si estamos cerca de fracasar, tememos al fracaso. La cuestión no si el éxito o el fracaso. la cuestión es la presencia del miedo (…)
Como todo en esta vida, el dinero no es ni sagrado ni pecado. Depende del propósito adscrito a éste por nuestras mentes.
Resultado de imagen para creencias limitantesTendemos a hacer con el dinero lo mismo que hacemos con el sexo: Lo deseamos pero juzgamos este deseo. Es precisamente el juicio que distorsiona el deseo, convirtiéndolo en una expresión fea. Como nos avergüenza admitir que queremos las mismas cosas, tenemos formas insidiosas de hacer ver que no — como condenar nuestros deseos. Tanto el dinero como el sexo son simplemente lienzos donde proyectamos nuestra culpa.
(…) Así que el dinero no es la fuente de la codicia, sino la mente. Y es el dinero donde ésta se expresa. El dinero puede ser usado con propósitos elevados o no. Como con la energía nuclear, el problema no es la energía, sino cómo es aplicada.
Nuestros juicios sobre la riqueza es de hecho una táctica de nuestras mentes para asegurarnos que nunca tendremos riqueza.
(…) Detrás de todo esto se encuentra sólo nuestro miedo a fracasar si intentamos ganar o hacer dinero.
(…) No hay nada puro o espiritual en la pobreza.(…) El imperativo moral no es bloquear la recepción de dinero en nuestra vidas. El reto está en espiritualizar nuestra relación con él, viendo que su único propósito es curar el mundo. (…) El problema no está en la distribución de la riqueza, sino en la conciencia de ésta. El dinero no es escaso. No es un recurso finito. No somos pobres porque los ricos son ricos.
(…) El universo quiere que tengamos todos los recursos necesarios para apoyar nuestra mayor felicidad. Nuestro propósito en esta vida es ser felices.
(…) Tener dinero significa que tenemos más dinero con el que contratar a otras personas. No hay nada bonito en lo que le pasa a una sociedad cuando el dinero deja de circular.
(…) Muchos de nosotros tenemos muchos asuntos con el dinero: desde su necesidad hasta un enorme prejuicio. Muchos de nosotros recibimos fuertes mensajes sobre el dinero cuando somos niños. Se nos enseña, verbalmente o no, que está sobrevalorado o que es poco espiritual o difícil de conseguir o la fuente de la codicia. Muchos de nosotros tenemos miedo de no gustar a la gente si no tenemos suficiente o tememos no gustar si de hecho tenemos.
El dinero es un área donde necesitamos una cura radical individual y colectiva sobre nuestros hábitos mentales.

12 de octubre de 2016

14 multimillonarios que no terminaron su carrera universitaria

Business Insider elaboró la lista de los millonarios de la tecnología que no terminaron sus estudios. La mayoría se matricularon en una universidad.

Azim Premji
 Azim Premji se retiró de Stanford a los 21 años, después de la repentina muerte de su padre. Luego creó la compañía Wipro Bi.



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Michael Dell creó la compañía Dell Computer, por la que dejó sus estudios en la Universidad de Texas en Austin, donde sólo realizó un curso (semestre). De acuerdo con Forbes, en la actualidad tiene un patrimonio de 18,8 mil millones de dólares.
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Mark Zuckerberg estudió en Harvard, antes de crear Facebook, empresa que le ha dejado un patrimonio bruto de 34 mil millones de dólares. Zuckerberg abandonó la Universidad de Harvard en su segundo año.
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Jack Dorsey, uno de los cofundadores de Twitter, fue a la Universidad de Missouri de Ciencia y Tecnología antes de irse a la NYU, donde la dejó para iniciar la red social.

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Hiroshi Yamauchi dejó la Universidad de Waseda para hacerse cargo de Nintendo. Antes de su muerte en 2013 logró un patrimonio de 2100 millones de dólares.
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Dustin Moskovitz era estudiante de segundo año en Harvard, con especialización en economía, cuando conoció a Mark Zuckerberg, el fundador / CEO de Facebook. Fueron compañeros de habitación y rápidamente se convirtieron en buenos amigos. Moskovitz creó después la compañía Asana.
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Jan Koum era estudiante de matemáticas e informática en la Universidad Estatal de San José, antes de trabajar en Yahoo y de ingeniarse la aplicación WhatsApp.
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Evan Williams, otro de los cofundadores de Twitter, fue a la Universidad de Nebraska-Lincoln. Después de año y medio decidió abandonar sus estudios para trabajar en diferentes startups, hasta idear la fórmula mágica de esta red social
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Sean Parker, fundador de Plaxo, Napster y Airtime nunca fue a la universidad sus estudios básicos los realizó en la Escuela Secundaria Chantilly, aun así ha logrado un patrimonio neto de 3,2 mil millones de dólares y es considerado uno de los empresarios más exitosos del mundo.
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Quien también aparece en el listado de los millonarios que no terminaron su carrera es Larry Ellison, el creador de Oracle. Ellison dejó la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign después de la muerte de su madre adoptiva. Aunque luego se vinculó a la Universidad de Chicago desistió de estudiar un semestre después.
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Paul Allen, quien junto a Bill Gates idearon Microsoft, dejó la Universidad de Washington dos años después de inscribirse para convertirse en el programador de Honeywell.
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El Fundador de Microsoft, Bill Gates, estudió en Harvard entre 1973 y 1975, pero abandonó la universidad para dedicarse a su compañía. Hoy, según Forbes, tiene un patrimonio neto de 81 mil millones de dólares.
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Como Bill Gates y Mark Zuckerberg, Gabe Newell, fundador de Valve Corporation, es también un desertor de Harvard.